el lado activo del infinito

domingo, 11 de abril de 2010

viernes, 9 de abril de 2010

Preferiría irme de viaje
y que la luna fuera un diamante,
correr por todo el valle
bajo los picos sagrados
y perderme en ese bosque.

Con sus árboles
de hojas prismáticas
y su luz de mil colores,
cuyos nombres desconozco.

Cuando sea hora, esperaré
junto a la fuente legendaria
a ver la forma reflejada
en sus aguas cristalinas.

Y si creés que ya estoy listo
me llevarás hasta ese abismo,
donde el río de nuestros sueños
se une con los otros.

Querré nadar en ellos
y la cascada de agua blanca
podrá llorar, podrá rogar
podrá usar toda su lógica.

Mencionar lo que he aprendido
para mí no vale nada,
al final se dará cuenta
que no nací para seguirla.

miércoles, 6 de enero de 2010

Entre águilas y escarabajos

Es un lugar de bosque y playa, de arenas inquietas, de vientos insoportables. Una prolongada vía de huellas cansadas se deshacen en los médanos que rozan la patagonia; las gaviotas que merodean por allí atraídas nada más que por la casualidad, me observan y prosiguen con su vuelo eterno. Ya para cuando las aves se pierden en el horizonte, arqueo mi cuerpo y me siento en la cima de una montaña de arena, dejo que el viento me cubra de polvo. El concierto armonioso de la madre natura se vuelve un canto sagrado y aprovecho para ordenar los pensamientos, las ideas, los estados del corazón. Miro en dirección al océano: la inmensidad. Me pierdo en solo pensar la idea de la fragilidad y creo volverme más fuerte cuando veo a mi alrededor seres más frágiles que yo. Escarabajos que rapidamente se cruzan por la superficie de la arena, insectos, flores, yuyos, árboles, etc. Todo parece más vulnerable, siento que mis venas se llenan de ellos. El soplido invisible ya es insoportable, no hay refugio en el desierto azul. Eso que empuja y no se ve, impunemente moldéa variados peinados para mi cabeza, pero mi cuerpo no resiste y me dejo caer, lentamente tomo una forma horizontal; ahora me encuentro boca abajo.
No hay otro ser humano alrededor, la arena en conjunta danza con el viento da fuerte cosquilleos en mis piernas. Los pequeños sedimentos que de largo siguen se pierden inciertos en el mar. Apoyo mi mejilla derecha sobre la arena, tengo que dejar pasar la hostilidad de todos los elementos, tal vez en el suelo esté la solución. Cierro los ojos y puedo percibir todo el desierto a mi alrededor, comienzo a sentirme pequeño, diminuto; sostengo la teoría de que solo es una sensación. Abro los ojos y veo salir a un escarabajo debajo de la arena, al pasar por al lado de mi rostro se detiene, de alguna manera siento que me mira, algo que va más allá de la razón nos coloca en un lugar de entendimiento, del algún modo siento que compartimos la misma fragilidad, que ambos podemos percibir cuan cerca estamos de la muerte y cuan vulnerables somos ambos. El escarabajo y yo somos lo mismo. Yo, soy presa de aquello que no puedo percibir, del viento, del desierto, de la arena, de la inmensidad y del respeto que impone la naturaleza viva. Años de ciudad han fabricado una cortina a mi corazón, nada de esto puedo ver. ¿Pero de qué teme el escarabajo? Un águila pequeña vuela cerca, busca insectos. Esas miradas cruzadas que solo podemos apreciar por un instante se pierde cuando el escarabajo vuelve a ocultarse en otra pequeña madriguera. Tengo la sensación de que el águila nos mira y entiende lo que pasa: el insecto le teme a la bestia y sólo le queda huir y temer, pero ese hombre, asustado, ciego de terror, le teme a su propia bestia, a la que teme a todo, a la que le teme a nada. Tomé entonces una decisión para enfrentar esa idea gélida de muerte pálida, de desierto hostil. Solo caminar.

Nuevamente una hilera estrecha de huellas dejo sobre la arena del desierto cuasipatagónico. Los elementos poco a poco se hacen mis elementos y la soledad del ocaso pasa a ser mi tesoro más preciado. Otra vez el caminar es el motor de las huellas, la reconquista de lo ya pisado, de lo desconocido que siempre se ve. Llego al pueblo costero más cercaco, Pehuencó; allí todo está tranquilo, calmo. Pocos habitan ese terreno despojado de las urbes. Camino solo esta vez, tal vez extrañando caminar con alguien que también disfruta el sabor de dejar la huella (invisible o no), que encuentra los caminos para liberar a su bestia, ser que prima a su corazón por sobre todas las cosas.

Cayó la noche y entré en otro cielo. La visión es casi nula; es más el deseo de ver aquello que está más lejos. Siento en algún lugar fragilidad y fortaleza, caminos que nunca empiezan y nunca terminan. Ahora lo sé, escarabajo y yo somos lo mismo, al menos por ahora...

miércoles, 28 de octubre de 2009

martes, 27 de octubre de 2009

El umbral del tiempo.

El mañana enigmático se presenta
y en el hoy me pregunto,
si para el ayer en el mañana
estaría yo.
Y acá estoy hoy,
tratando de ser
para comentar mi ayer
cuando despierte mañana.
Pero a la misma distancia estoy
de mi ayer
y mi mañana
¿no será el hoy un ayer
y un mañana?
entonces me dirías hoy
que nunca es hoy,
aún cuando me lo digas mañana
aunque en realidad fue ayer.
Destinados a la eternidad
tanto ayer como mañana
solo se encuentran en la noche,
veo como uno se va
y como otro viene,
siento como el que es ayer
ahora es mañana
y el mañana siempre
destinado a ser ayer.
La luna se pregunta
donde posar su medianoche,
si en el ayer o el mañana;
ella se cree hoy,
como el sol, como yo.
Astutas las estrellas
eliminan el mañana y el ayer
y son hoy para siempre,
se funden infinitas...
Después de estas notas, hoy,
búsquenme mañana,
tal vez me encuentren
en un retardado ayer.

viernes, 9 de octubre de 2009

El camino de los huesos.

Las nubes abren una grieta y por allí se asoma el sol, ¿Seré quien creo ser? me pregunto y no me contesto, mi bestia se pierde en la anchura de la avenida desierta. Y el sol pega fuerte, pero solo por un instante. Me ciega más fuerte su gris de ciudad derruida, de fábrica maltrecha. Y entonces me pregunto ¿de qué se viste hoy Pompeya? Me pregunto y me contesto: De nada y de todo, de todo que se sufre, de nada que remedia. Un tango olvidado y los tiempos cambiados. Mi suerte no es la misma, mi rostro tampoco; el miedo aprisiona mil almas que se funden en el misterio de su inmediato destino y el puente bello, pero incierto, nos conduce por las fauces del nauseabundo cuenco que se prolonga indiferente y olvidado, maloliente y putrefacto. “Sur, paredón y después”. Homero, mi querido Homero, poeta del recuerdo, amigo que nunca fuiste; ¡si vieras ahora el escenario del desconsuelo y el afán por las almas perdidas! “Sur, paredón y después”. Las miradas se pierden satisfechas en un efímero placer de un mito superficial; pero ya nada es lo mismo y el olvido no ha traicionado y ha hecho olvidar, mas perecen subterráneas las vías para no repetir y solo, por un instante, recordar.

Solo me bastó llegar y cruzarte la vía, verte apretada, pequeña. Verte encolerizada por la venta ambulante, verte sonriente y triste a la vez. Transitada y dejada, retomada, llena de amores, llena de alas enjauladas, de placeres, de alambiques brillando en la oscuridad. Calles de Tango, de pasión, de arrabal, de sentimiento vagabundo, de amores lejanos, de secretos olvidados. Rica y pobre.

Perdidos por perdidos nos perdimos en la Perito Moreno, y más desierta que las demás avenidas, nos zambullimos a cruzarla, pero cada paso por su piel, era una hazaña, una puta osadía que se revelaba en diagonales. Y como si una lluvia de truenos hubiera pasado por allí, la vimos rota por doquier. Y como un tesoro oculto, la vimos sin nadie alrededor. Y como un humilde testigo fiel, vi su corazón bajo el asfalto, vi su arcángel destronado de ponzoña. Vi, siento que vi. Sé que se levantará Pompeya, sé que será prosperidad como lo fue. Allá, en algún tiempo… por allá. Y cuando esto suceda será el fiel reflejo de una esperanza que hoy duerme, silenciosa, sedienta de ser. En el presente extendemos estas palabras a modo de acaricia; así acariciamos sus murales, sus polígonos de adoquines, sus casitas pintorescas y su cosmopolita singularidad. Enciendo mi llama misteriosa y perdura un enigma en mi corazón que no intento comprender, algo dentro mío se fisura y me suscita irremediablemente, siempre a volver.

viernes, 2 de octubre de 2009

Meteoro

miércoles, 19 de agosto de 2009

La antigüa Pompeya

Sus caras de barro dejan la impronta de una bestia magma; duermen en la oscuridad posándose en la eternidad junto al dolor, siento una caricia a la distancia y cuando me recordás, un escalofrío me abraza. "Te invito a pasar a mi mundo" fue lo que me dijo cuando las tinieblas nos cubrió y más allá del viento, un susurro dejó en penumbras un día sellado e infinito. Las rutas tomaron el color de su piel y su mirada se prolongó por el espacio y las estrellas, el cuenco hundido de sus mejillas me dejaban hundirme a su más profundo deseo. Los colmillos de mi corazón gozaban a medida que el sol nos pintaba de múltiples sensaciones, un vasto aire de hermandad nos unió y nos liberó de nuestras propias cadenas. El grito al unísono percibí que nos encantó.
Y un día, lo que se dice un día, este día no duró.
Dejé que te fueras o te fuiste y a Pompeya regresaste; allí estaban las estatuas del horror brillando con tus ojos y tu sonrisa, allí posaba de dolor el petrificado rostro del alma herida brillando con tus ojos y tu sonrisa, allí suplicaba el barro dolorhumano que la ceniza no se los comiera brillando con tus ojos y tu sonrisa. Allí, descubriste en la antigüa, pero hermosa, Pompeya, que el fuego de tu luz desgarraba el corazón del pavimento, se tragaba las calles en penumbras y remordían a la historia demostrándoles que solo un volcán iluminaría a la distancia mis pequeños pasos volviendo a casa.

viernes, 14 de agosto de 2009

martes, 11 de agosto de 2009

Lobos

El papel residual que descansaba en la oscuridad, ahora se movía en las esquinas de ensueño; dibujaban las formas del aire y se pronunciaban a través del viento. Tal vez fue mi sensación, o tu mirada se derritió en algún punto invisible. Primero fue el sol quien dibujó esas siluetas desconocidas, luego la luna se encargó del resto, detonaron las risas pese al frío y el desconcierto. Cautivo permanecía el corazón al verte sonriente, enjaulado por el brillo de un par de ojos desiertos durmiéndose, cubierta el alma se acomodaba al zigzagueante movimiento de la maquinaria pesada, cuando los rieles crujían al unísono perdiéndose en el llano verde. Un viento y los mismos recuerdos, tan poco me decía tu voz y tanto me anunciaba tu piel, que solo me bastó hundirme en la tiniebla matinal para comprender la llegada de tu cuenco más preciado. No tardó en bañarte la luz cuando el blanco total se esfumó de nuestros espacios, será que esa nube ciega y predadora se trataba del aliento de los lobos. Lobos que saborearon la mañana menos pensada, generadores de un miedo que me llevó hasta lo más suave de tu mano, lobos de dientes filosos que clavaron su sueño más profundo, lobos al acecho esperando encontrarte, lobos que nos miran a distancia, lobos que hierven tu sangre y que la elevan, lobos que nos comen y nos adentran a su miedo más letal.

Cruzando las líneas muertas de la gran urbe regresamos de la boca del lobo. Adentrados en la caja de los sueños respondimos en silencio a una pregunta que reventaba nuestra queja. Las esquinas desiertas delataban un universo durmiente. El día ya era infinito y activada la bomba quedaría. Varada y a la espera, sucumbió la magia propia de su elixir risueño, y ahora descansa mi recuerdo, viéndola partir mil veces a su hogar; allí, donde el sol hace invisible a la luna.