el lado activo del infinito

martes, 24 de abril de 2012

Hache.

Los ojos que ven carroña corren a distancia,
y ven en su presa ya muerta la herencia de un gran rey.
Ya no hay miedo la carne está asegurada,
el palacio en el testamento dormirá bajo tu aliento.

El alma inducida sonríe ante el miedo
y deja a la lujuria invisible de pavor.
Esperando bajo la ducha a la dulce voz,
dulce voz que esconde otra pasión.

Allí va tan seguro, asegurado.
Cruzando por la ley del gusano,
oruga vil metal en sueños etéreos
 de un eterno carnaval.

Sacando de la galera excusas,
tarde las tardes ¿donde estará?
ya ni se lo pregunta
sueño de uno para dos.

Alrededor se desarman los modales,
no dejaste alma que te aprecie,
tecnoamigo, inmaculado, falso postor.
 Amigo del rey, título: camaleón.

La princesa llora en el asfalto,
derrama lo único que puede,
reza por el infinito.
Por vos, por nosotros.

Allí va tan seguro, asegurado.
Cruzando por la ley del gusano,
oruga vil metal en sueños etéreos
de un eterno carnaval.

domingo, 1 de abril de 2012

Madagascar

Deprisa que los vientos se agotan,
que mi barba ya es blanca;
que mis pies se derriten.

Súbita demencia, mezcla de polvo
y viento.
Que mi barba ya es blanca
y que ya no hay aliento.

Súbito, júbilo, represión.
Mente suburbana,
en la tierra de dios
y el diablo. Sumisión.

Revuelo chillón,
salto de cerdo,
remolinos de allá.
Que mi barba ya es blanca.

Mi Dios, esos ojos,
mi vida esos pies.
Mi alma ese cuerpo,
olvido, el destierro.

El desengaño del planeta,
vos
mi orden galáctico,
vos.
Que mi barba ya es blanca.

Dame un poco de tu aliento.
Por favor...

martes, 8 de noviembre de 2011

The Ghost Song

miércoles, 7 de septiembre de 2011

Del infinito a Dios

Dame de algo para que este día sea simple y llanamente mejor.
Y aunque te preguntes qué es lo mejor,
el sueño treará consigo la verdad.
La flor inmaculada, la piedra que al final no rueda.
Decíme si finalmente es el viento que golpea
en el sol horizontal de la tarde.
Que te vuelve roja bajo ese amarillo oculto.
Decime si sigue siendo igual aquello,
y si aún en la distancia me leés; que brota la diferencia, el miedo
y aún el encanto.
Que el camino entre los árboles
sigue siendo de viento y de sal.
y que tras tu morada se oculta un gran secreto,
que nunca será descubierto.
Aunque aún quieras saber el mío.
En cada grano, en cada gota de este desierto:
yace una estrella esperando que un cosmos brillante
una devuelta esas coordenadas,
inoportunas, intrusas.
Rosagante destino que nos dio la juventud,
y el mísero destierro del corazón
que se ha ido a innumerables ciudades
para darle letargo a esta pasión
que ha encontrado otras razones
en donde posarse.
Decíme si no es así.
O decime que tal vez tus labios
nombran otros mundos por donde volar.
Decíme que leíste que te dije que vi llegar
al cazador con su rifle al hombro;
con su conejo en la mano
y los galgos escoltando el espanto.
Decíme que viste el pasto al ras del suelo,
acariciando el hervidero de insectos.
Y decíme que un lejano acordeón
dibujaba a través del ocaso
tu figura bailando un
no se qué.
Decíme también si en el sueño
no habían cientos bailando
como en una comunión victoriana.
Pero colonial: con mestizos, empanadas,
con montañas y una alegría salvaje.
Donde había una isla que nos esperaba a todos,
para un mundo mejor. Eterno.
Y si este no era el paraíso
era porque Dios para nosotros no está.
¡Y qué bien!
Decíme si no te guste oir aquello
de que Dios es todo o no es nada.
Y te digo que me dijeron que
del infinito a Dios hay un solo paso.
Decíme que esa frase no te deja pensando.
Y que también viste en aquel sueño
un caballo alazán
en la carrera por un desierto lunar
esquivando cráteres en dirección al sur.
Tal vez pa'visar que se acerca el enemigo.
Decíme si en todo esto no hay algo de cierto.
¡Suena el arpa!
El viento nos tiene en velo, el sol marca un camino:
la montaña está a mi favor
y el mar pretende llorar para que el cosmos al fin
nos trague para siempre.

martes, 9 de agosto de 2011

Hagamos un trato

Compañera
usted sabe
puede contar
conmigo
no hasta dos
o hasta diez
sino contar
conmigo

si alguna vez
advierte
que la miro a los ojos
y una veta de amor
reconoce en los míos
no alerte sus fusiles
ni piense qué delirio
a pesar de la veta
o tal vez porque existe
usted puede contar
conmigo

si otras veces
me encuentra
huraño sin motivo
no piense qué flojera
igual puede contar
conmigo

pero hagamos un trato
yo quisiera contar
con usted

es tan lindo
saber que usted existe
uno se siente vivo
y cuando digo esto
quiero decir contar
aunque sea hasta dos
aunque sea hasta cinco
no ya para que acuda
presurosa en mi auxilio
sino para saber
a ciencia cierta
que usted sabe que puede
contar conmigo.

Octavio Paz.

domingo, 31 de julio de 2011

lunes, 6 de junio de 2011

Desayuno

Desayuno.
Guerra a la primera hambruna de la jornada.
Paso lento al nuevo mundo;
diversos sonidos de la cocción: la sensación de un volcán a la inversa.
Corazón con color al alba, sonrisa de un día por delante.
La cena de la madrugada.
Alimento como epílogo onírico.
La cofradía de los cielos.
Fuego, migaja, líquido calor: el, ella, yo.
Nosotros o nadie. Desayuno.
Epicentro del humor y revelación de una noche
de bombillas y sombras.
Día para algunos, noche para otros.
Génesis, nacimiento, candor.
Momento de tararear y quejarse;
de bailar, zapatear
de limpiar todo sudor.
Desayuno ¿cuánto más?
vital satisfacción al fluir del alma.
El alimento del recién nacido,
del que se baña de rocío;
es brillo del fin de la noche
y el motor incesante de la prole.
Va y viene para algunos,
que para ni otros ni llega
y sólo comen a falta de otras cosas
brisas mañaneras...
Y me dice del ruidito a frito,
de la pava que hierve, del olor
a las tostadas y el crujir en mi boca
de la galletita multicolor.
Desayuno. Dame de tu núcleo
y tu esencia.
¡Qué suene la radio a medias!
La temperatura, tu hedor, tu beso
para irme más tranquilo.
La ruta amaneciendo,
amarilla, enfriada
bañada.
Esperando el momento,
bañándose sin aliento,
esperando su desayuno.
Que yo salga de una vez
sonriendo,
para tragarme inconsciente
sin temor y sin apuro.

domingo, 5 de diciembre de 2010

Los gritos de la muerte

¿Se encuentra usted bien?
¿Y por qué habría de estar mal?
No lo sé. Lo veo muy callado.
Estoy pensando, sólo eso. O acaso vos no pensás.
Si, pero...
Entonces dejame pensar tranquilo.
- La agresividad con la que habíamos amanecido me sorprendió.
Si bien la hostilidad o la fanfarronería eran parte de su
carácter, era incuestionable la gratitud con la cual se
dirigía hacia mí generalmente. Tuve una gran perturbación. Él era mi
única companía y a la vez, mi mayor obstáculo. La rigidez
y la densidad del silencio y su mirada, me provocaba una profunda incomodidad.-
No podés pasar un segundo sin sufrir eh?
¿Qué?
Lo que oíste.
No oí nada.
Sí que oíste. Pero como pasa en cualquier momento ingrato o desdichado
de tu vida, preferís no oír.
¿Qué quiere decir?
Sólo eso. La incapacidad que tenés tanto vos, como la mayoría de los
seres humanos, de no escuchar lo que se dice a gritos.
¿Y qué es lo que se dice a gritos?
Que la muerte toca tus talones.
¿Usted me está amenazando?
- Ni bien terminé de formular mi pregunta (impulsiva), no hizo él,
más que retorcerse de la risa; acaso corrieron lágrimas por sus
mejillas mientras tomaba su estómago con las manos.-
Querido, querido. A veces no sé si hablas en serio o en broma. Mira que
que me has hecho reír eh?
Cuando vine desde el Perú hasta estos lugares, nunca creí lo pequeño
y débil que me me sentiría. Verás, pues, cuando arreaba chivos desde
un lado para el otro, y rodeado de esas bellas montañas verdosas y
matizadas de grises, creía verdaderamente que yo era un muchacho
afortunado. Casi rey de todo lo que podía conocer, experimentaba una
sensación bellísima. - tomó un trago de agua, tragó con fuerza y recogió
aire para seguir hablando - Una sensación de vida eterna sólo comprendida
por mi madre y uno de mis hermanos. Solía tener una vida rutinaria, pero
bien paga por placeres que seguro vos desconoces.
¿Cómo cuales?
Y... pongamos un ejemplo: cuando vos te ocultas y protestas por la lluvia,
yo a tu edad, bailaba contento y disfrutaba de su caricia como un milagro.
Para entonces yo creía tener un "destino" determinado, pero nunca dudaba ni quería saber
qué era lo que había detrás de esos valles y esas montañas. Mi vida como era,
era lo que era, y estaba bien.
En un invierno crudo, a toda la población en la que yo vivía, nos azotó una terrible
tormenta.- movió sus manos y dibujó en el aire diversos garabatos -
Las pérdidas y los accidentes fueron estrepitosos. A mí me tocó
perder a mi familia, y no quedé más que solo y pobre. Ya sin nada.
No entontré refugio, ni consuelo ni compasión. Era inconcebible para mí
que eso pasara, mi destino era el de un campesino tranquilo y buenaventurado.
La desgracia que pesaba y no podía tragar, me llevó a la derrota y deambulé
por diferentes pueblos del sur borracho de cervezas y mendigando comida o
dinero. ¿entendés por dónde voy?
Creo que sí.
El destino era el destino y nada podía hacer. La soledad, como única
compañera sólo susurraba el nombre de la muerte. Sin embargo, ese
susurro no era sino, el eco de los gritos que un tiempo atrás no
supe escuchar. Me había convencido de que ese destino no era para mí
y sólo tenía como salida la muerte.
¿Y cómo se dio cuenta de que ese no era su destino?
Porque no había tal cosa.
¿Cómo dice usted?
Otra vez te hacés el sordo. ¡Lo que escuchaste! no había destino.
Destino era en realidad mi límite, todo aquello que estaba a mi alcance
y protegido por las montañas y los valles eran mi destino, que equivale
a mis límites. Tener destino significaba resignación; aceptar la realidad
como un canal ineludible y jamás hacerse cargo de los gritos. Mi nuevo
destino reforzó mi idea de mundo y me hizo ver más allá de esos destinos.
Comprendí entonces que no era destino lo que determinaba mi vida, sino la
vida misma... ¿comprendes?
Creo que...
Pongámoslo así: la muerte me gritaba una y otra vez lo frágil que es el
destino en realidad. La muerte dice que hay sólo un destino posible en la
vida y es morir. El resto es vida, y nada más que eso. El morir es destino
porque es lo único ineludible, el límite más grande. La vida, en cambio,
es diversa e infinita de posibilidades; ponerle destino es sinónimo de
ponerle final a la cantidad de posibles caminos a elegir.
Es muy lindo lo que dice ¿pero qué tiene que ver esto con nosotros ahora?
Callar es mi decisión ahora. Si vos supieras que no tienes destino,
no te perturbaría nuestro silencio, porque sabrías que puedes elegir. Si
la muerte me tomaría por sorpresa ahora, el silencio posterior te perturbaría
de verdad. Si sabes escuchar los gritos de la muerte sabrías que hacer.
¿Y usted pude oír a la muerte en este instante?
Si, por supuesto muchacho.
¿Y qué indica?
Que grites. Que grites como nunca lo has hecho en tu vida.

sábado, 4 de diciembre de 2010

lunes, 29 de noviembre de 2010

El miedo

Pero entonces... ¿qué es el miedo?
Es algo difícil de contestar, porque el miedo lo es todo.
Expláyese.
El miedo duerme, descansa; tiene su lugar en la boca del estómago, tiene
su lugar como todos los demás órganos.
Descansa disperso y liviano, casi como flotando y rebotando
contra todo. Es como el humo cuando duerme. Y pareciera
no existir. Es por eso que uno lo subestima, porque él sabe perder
su peso y su presencia. Al miedo, no le interesa ser importante ni
tener protagonismo. Él sabe que lo es todo.
- Apoyó su dedo índice en mi garganta y deslizó su uña hasta la
boca de mi estómago; me dio un empujoncito con el dedo y caí de
espaldas. Un dolor insoportable poseyó mi plexo solar y contuve
los quejidos mientras me incorporaba-.
Suele ser desastrozo querer esquivar al miedo y no valerse de él.
Es decir, el miedo es necesario. Ayuda y hasta protege.
La razón por la que es desvastador el miedo, es porque el paso
del humo al sólido es radical.
¿Qué quiere decir con eso?
Como ya te había dicho antes, el miedo tiene su lugar en la boca
del estómago, o más bien, se hace su lugar en la boca del estómago.
Cuando no está allí, está disperso, disuelto. Como el azucar en el té,
se disuelve para pasar inadvertido, pero tiene un gusto siempre presente.
El miedo, tiene por cualidad, endurecerce y refugiarse entre la flor
intestinal y el esófago. Jamás quedan dudas cuando el miedo se apodera
de nuestro estómago.
¿Eso es el paso de humo a sólido?
Vamos a poner dos nombres para el miedo: la piedra y el humo.
Cuando el miedo es humo no se siente, pero sin olvidar que siempre está.
El humo nos hace dar cuenta de lo estúpido que somos, porque en definitiva
con el humo, atravesamos todo creyéndonos inmortales y suficientes. Sin
límites, prepotentes y soberbios. Solemos ser con el humo, águilas y leones.
Pero en realidad el humo no nos está dejando ver el cómo actuamos: como
gusanos y gatitos.
-Reí, pero él tuvo una mirada inflexible sobre mí. Entonces accedí a un
tenso silencio y me contuve para dejarlo proseguir con su discurso.-
Al humo - dijo - nuestra estupidez, le llega como una ráfaga de fuego. A partir
de allí comienza su metamorfósis. Pero es tan deliberado y tan ilimitado
que sobrepasa nuestro control. El humo se convierte en pequeñas particulas
de piedra que efervecen en nuestro interior y se funden entre sí. En poco
tiempo y sin advertirlo, el humo pasa a ser una piedra pesada en nuestro
tórax. De modo que su peso y su energía innífuga influye sobre todo nuestro
organismo. Y de ser sujetos todopoderosos, pasamos a ser lo que en verdad
el humo no nos dejaba ver: gusanos y gatitos.
¿Usted está diciendo que somos como gusanos o gatitos?
No. Definitivamente no entediste nada. Y cuando pudiste hacer una
pregunta mejor, hiciste una de la más estúpida.
El humo y la piedra son dos caras de la misma moneda. Si querés, miralo
como lo adverso, aunque así en verdad no sea. El humo nos muestra lo fuerte
que somos y la piedra, lo débil. No es una ciencia muy complicada. Nuestra
relación con los estados del miedo es inversamente proporcional. Y tanto como
nosotros de él, él depende de nosotros. Por eso debemos relacionarnos con él.
Pero... ¿me parece a mí, o usted está tratando al miedo como si tuviera
vida propia?
- Hundió su rostro en las palmas de sus manos en un gesto de suma
impaciencia hacia mí. Me sentí apenado y mi estómago se contrajo.-
Todo aquello que no puedas manipular - agregó - quizá tenga vida propia. O no,
por lo pronto el miedo es manipulable, pero sí, lamento decirte que
no del todo, porque... en fin, con el miedo tenemos una relación
dialéctica.
¿No puede matarse el miedo ya que tiene vida propia? ¿O es inmortal?
Otra pregunta estúpida. O no me escuchás cuando te hablo o sos demasiado
idiota. Te estoy diciendo que nuestra relación es simbiótica, que no
podemos vivir sin él, ni él sin nosotros.
O sea que si muere él...
Morimos nosotros.
Tenga vida propia o no, el miedo nos teme tanto como nosotros le tememos
a él. Digamos, que si hay una razón por la cual nos protege,
es que no quiere perdernos, porque sabe que depende directamente de nosotros.
Sin embargo, ni el miedo ni nosotros, por supuesto, nace sabiendo. Y es
nuestra tarea darle un límite y enseñarle como a un niño.
¿Enseñarle a qué?
-Su actitud pareció contundente: dio un suspiro y esquivó mi mirada.
Parecía harto de mí, pero yo no podía formar en mi cabeza una imagen mental
de lo que él contaba. Postergó la charla y se alejó de mí unos cuantos
metros con una actitud mundana. Se adentró en la masa oscura de la noche
y lo perdí. Grité para que volviera, pero no tuve respuesta. Me ví
solo y desprotegido.
El estómago se me hizo, entonces, una roca. Y vomité.

sábado, 20 de noviembre de 2010

sábado, 9 de octubre de 2010

El sol no penetraba por las inmensas ventanas. Acaso habían cortinas o un enorme edificio enfrente que obturaba el ocaso.
Su mirada brotó igual.
Se asomaron dos pequeñas y finas ranuras. Eran traviesas y tímidas. Tal vez curiosas.
Giró una vez más por la angosta calle hacia un dónde extraño. Pero mi mirada no se atrevió a mirar. Y di la vuelta, y proseguí.
Las finas ranuras escarbaron la cuenta pendiente en mi cabeza; eran dos ojos, dos farolitos.
Desierto. Un inmenso mar de arenas tajaba el horizonte sinuoso que se deformaba en ese celeste que precedía al infinito. Una línea gris se perdía recta hacia allí; a la nada y el todo. Era la única huella capaz de guiarme.
Caminé.
Kilómetros y kilómetros; escorpiones, cactos y águilas. Nada más. Otra vez, las finas ranuras. Más entrecerrados no podrían estar los ojos. Y el paso lento y constante por el desierto lunar, rojizo. Ausente de valles.
Los ojos y las finas ranuras.
El cielo y el desierto lunar.
Rojo, celeste, naranja, amarillo.
Negro. Cayó la noche.

Di la vuelta y los pies se deslizaron por el cielo que ahora era tierra.
Miles de puntos brillantes en mis pies saludando a la ruta desde arriba.
Flexiones del universo creando infinitas curvas de onda expansiva que arremetían en respuesta de un viejo dios olvidado. Y sólo bastaba mirar hacia arriba para observar el descenso y el descanso del desierto lunar. Recordar allí una vez más, esos ojos ojos ocultos detrás de esas dos finas ranuras.

La historia parecía tener un comienzo.

miércoles, 1 de septiembre de 2010

sábado, 21 de agosto de 2010

El momento del sol americano.

Llegó el ocaso. Mi piel se erizó y caminé por el cordón de la vereda tal como si estuviera haciendo equilibrio sobre una cuerda. Me encantaba el rayo rojo solar, que horizontal, pegaba sobre mi sien y me encandilaba. Se me ocurrió que podría llamar a ese momento "el momento del sol americano". Reí solo.
Tras unas cuantas cuadras un dolor que no dolía me hizo doler. Se agudizaba en algún lugar de mi ser que no puedo describir. Y mi cuerpo no era más que lo que transportaba una pena.
- No podés ser tan tremendista - dijo mi amigo tomando un trago de cerveza.
Y tenía razón.
"¿Cómo puede ponerte mal algo tan hermoso?"
- Es que me duele una muela - dije.
Entonces mi amigo me recomendó que vaya al dentista. Claro, pues no creyó ni medio de lo que le dije.
Luego, mi amigo, sin que yo dijera nada tomó la palabra y en sus ojos, un centelleo brillante y travieso me dejó asustado. Me explicó que esos rayos que atravesaron mi cabeza no eran en realidad del sol, puesto que en la ciudad esos rayos jamás atraviesan las paredes y por ende, nunca llegan a uno. Solté una risita nerviosa, pero él se lo tomó mal. Le di una palmada en la espalda de manera suave y dije:
- Vamos amigo, no te pongas mal.
- ¿Dije algo que no te haya gustado?

Agregué que no podía tomar en serio sus palabras. Entonces se levantó y enojado me dijo que yo nada sabía sobre los ocasos. Luego, sin decir más, dio media vuelta y se esfumó entre la oscuridad. Ya era de noche.
Otra vez un insoportable dolor misterioso se apoderó de mi ser. Fue tan grande que mis ojos comenzaron nuevamente a ver ese ocaso rojo, ese "momento del sol americano". ¡Pero era de noche! Intenté gritar, pero no pude. Quise alzar mi cuerpo pero me vi inmóvil; para ese momento mi susto se hizo monumental.
Me hallaba absorto y sin posibilidad de nada, de ningún movimiento ni modificación de mis acciones. De hecho, no tenía acciones, me había convertido como en una especie de humo, estaba yo acaso, transformado en millones de partículas que se expandían por el aire y podía ser cada una de ellas. La sensación fue de absoluto placer, creí que estaba experimentando amor absoluto. Todo en tanto a mi alrededor era palpable, como si tuviera en mi poder infinitas manos sensibles con las cuales tantear el universo.
Pasado un pequeño lapso de tiempo advertí que flotaba sobre el terreno y vi a mi amigo caminar solo. Me dio la sensación de que estaba llorando. Y lloré yo también, inmediatamente pensé que era producto de mi respuesta hacia su teoría de los ocasos y los dolores del alma. Bajé a tierra, pero no podía controlarme, entonces tomé una cierta forma.
Yo estaba sólido, inamovible, fuerte. Sentía en mis entrañas un sinfin de movimientos y crujidos que no me dejaban en paz. Me sentía como un gigante y el roce de otros similares a mí. Quise moverme pero me vi amarrado al piso, era como parte de la tierra y en ella, sentía otro sin fin de cosquilleos sumamente agradables. No tenía ojos ni veía como convencionalmente suelo mirar, sino que podía percibir como una sensación sonora y móvil todo en cuanto a mi alrededor. Mi vista tenía algo de sensorial, sino todo. Era consciente que a mi alrededor había un bosque lleno de pequeños animales e insectos y partículas. Vi entonces pasar a mi amigo por al lado mío, intenté hablarle pero no podía emitir sonidos y me desesperé. Mi amigo continuó con su apaciguado camino e hice lo posible por alcanzarlo. Crují sobremanera y los animalitos a mi alrededor corrieron como asustados.
Otra vez pude hacerme humo y elevarme. Vi que mi amigo caminó a paso lento por unas cabañas muy bonitas, fumaba un cigarrillo. La sensación de placer se apoderó de mí nuevamente y creí estar sonriendo a pesar de saber sobre mi condición incorpórea.
Traté de ordenar mis pensamientos y mis ideas, traté de enfocar mis verdaderas intenciones, ya no tanto racionalmente, sino tratando de imaginar "ser algo", otra cosa. Tras unos segundos comencé a experimentar otra transformación y mi vista cambió notablemente, aunque seguía en el aire. Entonces me vi esforzado a no descender estrepitosamente y aleteé. Advertí un gran esfuerzo por mantenerme en el aire y eso pareció llamar la atención de mi amigo, pues no sacaba la vista de mis movimientos. Y yo, alegre y con equilibrio quise soltar un grito a modo de saludo, pero en vez de eso, largué un chillido impresionante que retumbó por todo el bosque, tal fue el grito que varias pequeñas aves salieron de sus nidos a perseguirme. Y asustado me alejé.
Tan rápido como pude me posé en el borde del pórtico de una casita antigua. Mi peso aflojó los tirantes de madera y el dueño de la casa salió. Lo miré fijamente, pero para ello, debía girar mi rostro y enfocar con un solo ojo de manera lateral. Así casi pude verle perfectamente poro por poro de su cara. Me arrojó una piedra y con un movimiento pesado huí hacia donde supuse que estaría mi amigo, en la cabaña de su novia.

- ¿Dónde te habías metido? - me dijo.
- Anduve por ahí caminando un rato - dije y agregué - estuve pensando en lo que dijiste hace un rato.
- ¿Hace un rato?

Sorpresivamente su novia apareció con una bandeja de chocolates y mate. No continuamos el diálogo, pero los ojos de mi amigo no dejaban de centellear. Preferí seguir la conversación en otro momento. Por la ventana, noté que nuevamente los rayos rojos me acechaban como hacía un tiempo en la ciudad. Y mi sensación de tristeza me acogió como aquella vez. Un malestar me abrazó y no me dejó hablar por un momento bastante prolongado. Cuando hube terminado mi último mate, con cuidadoso permiso y escogiendo bien las palabras, pedí permiso para ir al baño. Debía razonar todo muy bien, estaba perdiendo mi estado material.

Hecho humo me esfumé por una pequeña ventana y otra vez me elevé. Ya era de día, el sol estaba pleno y yo, ya tocaba la ruta.

domingo, 11 de abril de 2010

viernes, 9 de abril de 2010

Preferiría irme de viaje
y que la luna fuera un diamante,
correr por todo el valle
bajo los picos sagrados
y perderme en ese bosque.

Con sus árboles
de hojas prismáticas
y su luz de mil colores,
cuyos nombres desconozco.

Cuando sea hora, esperaré
junto a la fuente legendaria
a ver la forma reflejada
en sus aguas cristalinas.

Y si creés que ya estoy listo
me llevarás hasta ese abismo,
donde el río de nuestros sueños
se une con los otros.

Querré nadar en ellos
y la cascada de agua blanca
podrá llorar, podrá rogar
podrá usar toda su lógica.

Mencionar lo que he aprendido
para mí no vale nada,
al final se dará cuenta
que no nací para seguirla.

miércoles, 6 de enero de 2010

Entre águilas y escarabajos

Es un lugar de bosque y playa, de arenas inquietas, de vientos insoportables. Una prolongada vía de huellas cansadas se deshacen en los médanos que rozan la patagonia; las gaviotas que merodean por allí atraídas nada más que por la casualidad, me observan y prosiguen con su vuelo eterno. Ya para cuando las aves se pierden en el horizonte, arqueo mi cuerpo y me siento en la cima de una montaña de arena, dejo que el viento me cubra de polvo. El concierto armonioso de la madre natura se vuelve un canto sagrado y aprovecho para ordenar los pensamientos, las ideas, los estados del corazón. Miro en dirección al océano: la inmensidad. Me pierdo en solo pensar la idea de la fragilidad y creo volverme más fuerte cuando veo a mi alrededor seres más frágiles que yo. Escarabajos que rapidamente se cruzan por la superficie de la arena, insectos, flores, yuyos, árboles, etc. Todo parece más vulnerable, siento que mis venas se llenan de ellos. El soplido invisible ya es insoportable, no hay refugio en el desierto azul. Eso que empuja y no se ve, impunemente moldéa variados peinados para mi cabeza, pero mi cuerpo no resiste y me dejo caer, lentamente tomo una forma horizontal; ahora me encuentro boca abajo.
No hay otro ser humano alrededor, la arena en conjunta danza con el viento da fuerte cosquilleos en mis piernas. Los pequeños sedimentos que de largo siguen se pierden inciertos en el mar. Apoyo mi mejilla derecha sobre la arena, tengo que dejar pasar la hostilidad de todos los elementos, tal vez en el suelo esté la solución. Cierro los ojos y puedo percibir todo el desierto a mi alrededor, comienzo a sentirme pequeño, diminuto; sostengo la teoría de que solo es una sensación. Abro los ojos y veo salir a un escarabajo debajo de la arena, al pasar por al lado de mi rostro se detiene, de alguna manera siento que me mira, algo que va más allá de la razón nos coloca en un lugar de entendimiento, del algún modo siento que compartimos la misma fragilidad, que ambos podemos percibir cuan cerca estamos de la muerte y cuan vulnerables somos ambos. El escarabajo y yo somos lo mismo. Yo, soy presa de aquello que no puedo percibir, del viento, del desierto, de la arena, de la inmensidad y del respeto que impone la naturaleza viva. Años de ciudad han fabricado una cortina a mi corazón, nada de esto puedo ver. ¿Pero de qué teme el escarabajo? Un águila pequeña vuela cerca, busca insectos. Esas miradas cruzadas que solo podemos apreciar por un instante se pierde cuando el escarabajo vuelve a ocultarse en otra pequeña madriguera. Tengo la sensación de que el águila nos mira y entiende lo que pasa: el insecto le teme a la bestia y sólo le queda huir y temer, pero ese hombre, asustado, ciego de terror, le teme a su propia bestia, a la que teme a todo, a la que le teme a nada. Tomé entonces una decisión para enfrentar esa idea gélida de muerte pálida, de desierto hostil. Solo caminar.

Nuevamente una hilera estrecha de huellas dejo sobre la arena del desierto cuasipatagónico. Los elementos poco a poco se hacen mis elementos y la soledad del ocaso pasa a ser mi tesoro más preciado. Otra vez el caminar es el motor de las huellas, la reconquista de lo ya pisado, de lo desconocido que siempre se ve. Llego al pueblo costero más cercaco, Pehuencó; allí todo está tranquilo, calmo. Pocos habitan ese terreno despojado de las urbes. Camino solo esta vez, tal vez extrañando caminar con alguien que también disfruta el sabor de dejar la huella (invisible o no), que encuentra los caminos para liberar a su bestia, ser que prima a su corazón por sobre todas las cosas.

Cayó la noche y entré en otro cielo. La visión es casi nula; es más el deseo de ver aquello que está más lejos. Siento en algún lugar fragilidad y fortaleza, caminos que nunca empiezan y nunca terminan. Ahora lo sé, escarabajo y yo somos lo mismo, al menos por ahora...

miércoles, 28 de octubre de 2009

martes, 27 de octubre de 2009

El umbral del tiempo.

El mañana enigmático se presenta
y en el hoy me pregunto,
si para el ayer en el mañana
estaría yo.
Y acá estoy hoy,
tratando de ser
para comentar mi ayer
cuando despierte mañana.
Pero a la misma distancia estoy
de mi ayer
y mi mañana
¿no será el hoy un ayer
y un mañana?
entonces me dirías hoy
que nunca es hoy,
aún cuando me lo digas mañana
aunque en realidad fue ayer.
Destinados a la eternidad
tanto ayer como mañana
solo se encuentran en la noche,
veo como uno se va
y como otro viene,
siento como el que es ayer
ahora es mañana
y el mañana siempre
destinado a ser ayer.
La luna se pregunta
donde posar su medianoche,
si en el ayer o el mañana;
ella se cree hoy,
como el sol, como yo.
Astutas las estrellas
eliminan el mañana y el ayer
y son hoy para siempre,
se funden infinitas...
Después de estas notas, hoy,
búsquenme mañana,
tal vez me encuentren
en un retardado ayer.