el lado activo del infinito
sábado, 9 de octubre de 2010
Su mirada brotó igual.
Se asomaron dos pequeñas y finas ranuras. Eran traviesas y tímidas. Tal vez curiosas.
Giró una vez más por la angosta calle hacia un dónde extraño. Pero mi mirada no se atrevió a mirar. Y di la vuelta, y proseguí.
Las finas ranuras escarbaron la cuenta pendiente en mi cabeza; eran dos ojos, dos farolitos.
Desierto. Un inmenso mar de arenas tajaba el horizonte sinuoso que se deformaba en ese celeste que precedía al infinito. Una línea gris se perdía recta hacia allí; a la nada y el todo. Era la única huella capaz de guiarme.
Caminé.
Kilómetros y kilómetros; escorpiones, cactos y águilas. Nada más. Otra vez, las finas ranuras. Más entrecerrados no podrían estar los ojos. Y el paso lento y constante por el desierto lunar, rojizo. Ausente de valles.
Los ojos y las finas ranuras.
El cielo y el desierto lunar.
Rojo, celeste, naranja, amarillo.
Negro. Cayó la noche.
Di la vuelta y los pies se deslizaron por el cielo que ahora era tierra.
Miles de puntos brillantes en mis pies saludando a la ruta desde arriba.
Flexiones del universo creando infinitas curvas de onda expansiva que arremetían en respuesta de un viejo dios olvidado. Y sólo bastaba mirar hacia arriba para observar el descenso y el descanso del desierto lunar. Recordar allí una vez más, esos ojos ojos ocultos detrás de esas dos finas ranuras.
La historia parecía tener un comienzo.
miércoles, 1 de septiembre de 2010
sábado, 21 de agosto de 2010
El momento del sol americano.
domingo, 11 de abril de 2010
viernes, 9 de abril de 2010
y que la luna fuera un diamante,
correr por todo el valle
bajo los picos sagrados
y perderme en ese bosque.
Con sus árboles
de hojas prismáticas
y su luz de mil colores,
cuyos nombres desconozco.
Cuando sea hora, esperaré
junto a la fuente legendaria
a ver la forma reflejada
en sus aguas cristalinas.
Y si creés que ya estoy listo
me llevarás hasta ese abismo,
donde el río de nuestros sueños
se une con los otros.
Querré nadar en ellos
y la cascada de agua blanca
podrá llorar, podrá rogar
podrá usar toda su lógica.
Mencionar lo que he aprendido
para mí no vale nada,
al final se dará cuenta
que no nací para seguirla.
miércoles, 6 de enero de 2010
Entre águilas y escarabajos
No hay otro ser humano alrededor, la arena en conjunta danza con el viento da fuerte cosquilleos en mis piernas. Los pequeños sedimentos que de largo siguen se pierden inciertos en el mar. Apoyo mi mejilla derecha sobre la arena, tengo que dejar pasar la hostilidad de todos los elementos, tal vez en el suelo esté la solución. Cierro los ojos y puedo percibir todo el desierto a mi alrededor, comienzo a sentirme pequeño, diminuto; sostengo la teoría de que solo es una sensación. Abro los ojos y veo salir a un escarabajo debajo de la arena, al pasar por al lado de mi rostro se detiene, de alguna manera siento que me mira, algo que va más allá de la razón nos coloca en un lugar de entendimiento, del algún modo siento que compartimos la misma fragilidad, que ambos podemos percibir cuan cerca estamos de la muerte y cuan vulnerables somos ambos. El escarabajo y yo somos lo mismo. Yo, soy presa de aquello que no puedo percibir, del viento, del desierto, de la arena, de la inmensidad y del respeto que impone la naturaleza viva. Años de ciudad han fabricado una cortina a mi corazón, nada de esto puedo ver. ¿Pero de qué teme el escarabajo? Un águila pequeña vuela cerca, busca insectos. Esas miradas cruzadas que solo podemos apreciar por un instante se pierde cuando el escarabajo vuelve a ocultarse en otra pequeña madriguera. Tengo la sensación de que el águila nos mira y entiende lo que pasa: el insecto le teme a la bestia y sólo le queda huir y temer, pero ese hombre, asustado, ciego de terror, le teme a su propia bestia, a la que teme a todo, a la que le teme a nada. Tomé entonces una decisión para enfrentar esa idea gélida de muerte pálida, de desierto hostil. Solo caminar.
Nuevamente una hilera estrecha de huellas dejo sobre la arena del desierto cuasipatagónico. Los elementos poco a poco se hacen mis elementos y la soledad del ocaso pasa a ser mi tesoro más preciado. Otra vez el caminar es el motor de las huellas, la reconquista de lo ya pisado, de lo desconocido que siempre se ve. Llego al pueblo costero más cercaco, Pehuencó; allí todo está tranquilo, calmo. Pocos habitan ese terreno despojado de las urbes. Camino solo esta vez, tal vez extrañando caminar con alguien que también disfruta el sabor de dejar la huella (invisible o no), que encuentra los caminos para liberar a su bestia, ser que prima a su corazón por sobre todas las cosas.
Cayó la noche y entré en otro cielo. La visión es casi nula; es más el deseo de ver aquello que está más lejos. Siento en algún lugar fragilidad y fortaleza, caminos que nunca empiezan y nunca terminan. Ahora lo sé, escarabajo y yo somos lo mismo, al menos por ahora...
miércoles, 28 de octubre de 2009
martes, 27 de octubre de 2009
El umbral del tiempo.
y en el hoy me pregunto,
si para el ayer en el mañana
estaría yo.
Y acá estoy hoy,
tratando de ser
para comentar mi ayer
cuando despierte mañana.
Pero a la misma distancia estoy
de mi ayer
y mi mañana
¿no será el hoy un ayer
y un mañana?
entonces me dirías hoy
que nunca es hoy,
aún cuando me lo digas mañana
aunque en realidad fue ayer.
Destinados a la eternidad
tanto ayer como mañana
solo se encuentran en la noche,
veo como uno se va
y como otro viene,
siento como el que es ayer
ahora es mañana
y el mañana siempre
destinado a ser ayer.
La luna se pregunta
donde posar su medianoche,
si en el ayer o el mañana;
ella se cree hoy,
como el sol, como yo.
Astutas las estrellas
eliminan el mañana y el ayer
y son hoy para siempre,
se funden infinitas...
Después de estas notas, hoy,
búsquenme mañana,
tal vez me encuentren
en un retardado ayer.
viernes, 9 de octubre de 2009
El camino de los huesos.
Las nubes abren una grieta y por allí se asoma el sol, ¿Seré quien creo ser? me pregunto y no me contesto, mi bestia se pierde en la anchura de la avenida desierta. Y el sol pega fuerte, pero solo por un instante. Me ciega más fuerte su gris de ciudad derruida, de fábrica maltrecha. Y entonces me pregunto ¿de qué se viste hoy Pompeya? Me pregunto y me contesto: De nada y de todo, de todo que se sufre, de nada que remedia. Un tango olvidado y los tiempos cambiados. Mi suerte no es la misma, mi rostro tampoco; el miedo aprisiona mil almas que se funden en el misterio de su inmediato destino y el puente bello, pero incierto, nos conduce por las fauces del nauseabundo cuenco que se prolonga indiferente y olvidado, maloliente y putrefacto. “Sur, paredón y después”. Homero, mi querido Homero, poeta del recuerdo, amigo que nunca fuiste; ¡si vieras ahora el escenario del desconsuelo y el afán por las almas perdidas! “Sur, paredón y después”. Las miradas se pierden satisfechas en un efímero placer de un mito superficial; pero ya nada es lo mismo y el olvido no ha traicionado y ha hecho olvidar, mas perecen subterráneas las vías para no repetir y solo, por un instante, recordar.
Solo me bastó llegar y cruzarte la vía, verte apretada, pequeña. Verte encolerizada por la venta ambulante, verte sonriente y triste a la vez. Transitada y dejada, retomada, llena de amores, llena de alas enjauladas, de placeres, de alambiques brillando en la oscuridad. Calles de Tango, de pasión, de arrabal, de sentimiento vagabundo, de amores lejanos, de secretos olvidados. Rica y pobre.
Perdidos por perdidos nos perdimos en